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domingo, 11 de marzo de 2012

Los Pasdaran y las elecciones legislativas en Irán



Después de las elecciones para elegir al nuevo Parlamento iraní, los medios oficiales hacen eco de la participación masiva de su población mientras los medios occidentales no dudan en presentarla como “una broma” al tratarse de un proceso que no fue ni limpio ni libre y, por lo tanto, injusto. Ciertamente muchos activistas simpatizantes del movimiento reformista en Irán (que incluye varias facciones a su vez y no solo al movimiento verde) reiteraron que el voto en su país era considerado un deber y no un derecho, haciendo referencia a las palabras del líder supremo Ali Jamenei cuando exhortó a la población a darse cita el día de los comicios, por lo que la gran mayoría de ellos evitó participar en el proceso y, en el mejor de los escenarios, prefirió inscribir frases de protesta en las boletas el día de la elección.
            Lo anterior no quiere decir que las personas que decidieron no votar puedan ser consideradas como “opositores al régimen”, puesto que sus líderes que hoy en día pertenecen al Movimiento Verde o a los Mojahedines de la Revolución Islámica u otro grupo reformista dentro de Irán, nunca se han manifestado en contra del sistema, ni en contra del programa nuclear, y mucho menos en contra de la figura del Velayat al Faqih como figura de poder establecida en la constitución del país, pues por el contrario, muchos de estos líderes han trabajado en el sistema por años (como Mosavi que fue el Primer Ministro del entonces presidente Ali Jamenei a lo largo de la década de los ochenta) y han ocupado cargos importantes dentro del mismo sistema. Por lo tanto, se trata de un error hablar de oposición al régimen, oposición al sistema u oposición iraní.
            La complejidad radica en desmenuzar la lucha de poder al interior de cada una de las fuerzas políticas iraníes. De profundizar en el aparato económico militar de los Pasadaran quienes tienen afinidades tanto con Ahmadineyad, con Jamenei, con Mosavi, o con Jatami, quienes suelen ser a su vez los actores que controlan a las masas, a los intelectuales y a los medios de comunicación con sus plataformas y discursos políticos, y quienes buscan acomodar cuadros de personal ad hoc a sus intereses económicos dentro del sistema, con la diferencia de que, algunos más que otros, pugnan por mayores libertades civiles entre la población, una política de acercamiento con Occidente en general y Estados Unidos en particular y una mayor apertura a las relaciones culturales y diplomáticas a todos los niveles.
            La complejidad también radica en la aproximación al propio Estado Iraní. No se trata de una teocracia. El otro eje de poder y autoridad moral dentro de Irán, la ruhaniyat o el mal llamado clero (clero es una acepción errónea en la medida que no hay sacramentos) no está representado en el sistema político de la República Islámica, y mucho menos desde 1989 con la muerte de Jomeyni. Debido a que la tradición más temprana del shiísmo duodecimano prefiere seguir la política y no determinarla, la forma de llevar a cabo fatwas, juicios y leyes desde la figura del líder supremo es contraria a la tradición quietista de la corriente religiosa mayoritaria de Qom o Nayaf. Por lo tanto, los seguidores del movimiento verde, por ejemplo, han comenzado a ver a Jamenei no como un líder sino como un tirano a sabiendas que el líder supremo tiene más legitimidad entre los militares y veteranos de guerra que entre los religiosos que se encuentran alejados del sistema, algunos por convicción y otros por opresión.
            Así, el ambiente actual iraní no sugiere que exista una pugna entre “el clero” y “los militares”, pues “el clero” o la ruhaniyaat, no tiene un poder relevante en el sistema actual del país desde la década de los ochenta cuando, con la existencia del Partido de la República Islámica, el Parlamento y otras instituciones importantes del sistema estaban ocupadas por personas educadas en los seminarios de Qom o Nayaf en Iraq y habían sido una mayoría que desembocaría en el gobierno de corte reformista de Jatami en 1997. Ahora, después del gobierno de Jatami que hoy en día todo iraní recuerda como una época de esperanza, los religiosos jamás volvieron a sus curules y éstos han sido ocupados, en mayoría, por veteranos de guerra y por personas pertenecientes a los Guardianes de la Revolución con un enfoque político muy distinto al de los reformistas, o al de los moderados, los nacionalistas, los religiosos y otras fuerzas políticas al interior de Irán.
               Lo anterior no quiere decir que los Pasdaran sean un cuerpo homogéneo y estático que represente lo negro de una fotografía bicolor pues dentro de los Guardianes de la Revolución también hay diferencias no solo de rango y ocupación sino también de corte socio-militar (como entre los basijies y los altos mandos), político y económico.Sin embargo, es verdad que dentro de esta institución existen grupos que aspiran tanto a hacer negocios como a mantener cierta influencia política en el sistema, e incluso aquellos que aspiran a tener un Estado militarizado con disuasión nuclear para garantizar su estabilidad a largo plazo (estilo Pakistán) Así, el nuevo árbitro de la política iraní ha sido solo ésta cúpula de hombres que controlan la economía, los bonyad (empresas estatales), el programa de misiles, el programa nuclear, y la mayoría de los recursos con los que se sostiene el Estado, por lo que, Jamenei, al ser “el jefe” de las fuerzas armadas del país, se siente con la obligación de defender sus intereses (y con ello los de él propio), si es necesario, por medio del uso de la fuerza y la represión (como en el 2009 contra lo que sería el movimiento verde) o por medio de la negociación, como lo ha hecho con las personas influyentes en la política iraní tales como Ali Akbar Rafsanjani, el propio Jatami, Ahmadineyad, Mosavi, Karrubi, y hasta con el Imam oculto si esto fuera posible. Por tal motivo, los asesinatos selectivos de Israel y las sanciones económicas de Occidente no están dirigidas a nadie más que a la cúpula de los Pasdaran, los cuales ciertamente  representan, con el dominio el gas, el petróleo, la energía nuclear y los misiles, un serio balance de poder en Oriente Medio a cualquier Estado.

Por lo tanto, aunque los resultados oficiales de las elecciones parlamentarias en todos los medios fueron contundentes al decir que el presidente Ahmadineyad era el “gran perdedor del proceso” y que el líder Supremo tomaba el control del país después de sus fricciones, cachetadas y berrinches con el Presidente del país, se debe decir que aunque las relaciones entre ambos son tensas, su comunicación, así como la comunicación con otros personajes influyentes hoy en día como Jatami o Mosavi es más cercana que nunca (tal como lo muestra la noticia de que Mojtaba Jamenei,hijo del líder supremo, visitó a Mosavi para decirle que las puertas de lanegociación aún estaban abiertas).


Lo cierto también es que el gran vencedor de las elecciones no es ni Jamenei ni Ahmadineyad sino la cúpula de los Pasdaran, institución que, a diferencia del Artesh (la rama regular del ejército iraní) ha venido aumentando el número de asientos no solo en el Parlamento sino en otras instituciones del gobierno tales como el Gabinete presidencial (que es donde Ahmadinejad ha querido ganar apoyo de esta elite militar para impulsar a sus cuadros en próximos puestos de elección) siendo paradójico darse cuenta de que los Pasdaran, con un número menor de efectivos en lista (150 000) tenga una influencia política y un presupuesto más elevados que el ala militar del ejército regular cuyos efectivos se cuentan alrededor de 300 000  y no tienen ni un solo representante en alguna institución poderosa del sistema político iraní (mas que su representante en el Consejo Supremo de Defensa), sin hablar de que las principales misiones de seguridad nacional del país no les competen a ellos sino a...los Pasadaran.

            Por lo anterior, no es coincidencia de que la mayoría de los analistas afirmen que una hipotética y absurda guerra con Irán tendría el efecto de reunir filas al interior del país y cohesionar a su población en contra de un enemigo externo (incluso Pasadaran y Artesh han comenzado a trabajar ejercicios conjuntos desde 2006 bajo el discurso de la cohesión nacional frente a una posible intervención extranjera). Irán es un país con grandes recursos y un nacionalismo exponencial cuando se trata de enfrentar amenazas externas, y la mayoría de su población acepta los términos de su programa nuclear y el derecho de ejercer ese derecho. La población, lo que clama, es que también pueda ejercer otros derechos más importantes a nivel ciudadano, tales como la libertad de prensa, la crítica a la corrupción, libertad de expresión, la discriminación, entre otros derechos humanos y civiles igual o más importantes que el derecho de tener energía nuclear. Sin embargo, el proyecto de la élite política iraní actual radica en llevar a cabo una política exterior con base en el poderío defensivo militar y el control del ciclo nuclear como herramientas de disuasión que les garanticen la supervivencia  en una zona tan acosada por la intervención extranjera y evitar así el destino de sus vecinos regionales (como Iraq y Afganistán), proyecto que lamentablemente implica el sometimiento y control de su población para fines de seguridad. La cuestión es que dentro de esta élite política, hay quien piensa que la supervivencia del Estado no tiene que pasar forzosamente por el control de la población, siendo que, lamentablemente también, esas personas han perdido poder dentro de su propio sistema.
Ironía: "Irán quiere guerra" "miren cómo han puesto su país tan cerca de nuestras bases militares"

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